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domingo, 28 de septiembre de 2014

El Arte del Bonsái

La imaginación del hombre nos ha impulsado a crear grandes cosas. Desde eficientes medios de transporte hasta maquinarias de comunicación cibernética. Artefactos creados con la intensión de conectarnos y ayudarnos a entender el mundo en que vivimos. El pequeño bonsái, sin pretenderlo, también ha conectado mundos y ha despertado la imaginación de muchas civilizaciones. Ayudándonos a conocer mejor los retos de la naturaleza y el poder de adaptación que existe en todos nosotros.
¿Qué es un bonsái?
El bonsái es básicamente un árbol manipulado (atrofiado) en su crecimiento para crear una miniatura del mismo, ya sea intencionalmente (por el hombre) o al azar (por la misma naturaleza). Una semilla puede convertirse fácilmente en bonsái por pura casualidad del destino. Basta con que la semilla de un árbol caiga en un terreno rocoso, generalmente ventoso, y que el árbol en crecimiento se adapte a estas condiciones para que se cree un bonsái.
Me explico mejor, lo que convierte a un árbol común en bonsái es el proceso de formación, no el árbol o su genética. Cuando el crecimiento de sus raíces y ramas se encuentran restringidos, disminuye su crecimiento y por ende su tamaño. Muchas veces esto sucede por el fuerte viento, las condiciones del terreno (rocoso) o animales que mastican constantemente su tope. Y como parte de su adaptación a estas condiciones, el árbol continúa su desarrollo hacia la madurez, pero desarrolla una forma enana.
Su historia
Aunque muy identificada con el Japón, la historia del bonsái tiene raíces muy profundas en la China. Donde según los historiadores se encuentran los primeros ejemplos ilustrados de la integración del bonsái como parte de la vida cotidiana.
Los primeros bonsáis fueron descubiertos en la misma naturaleza. Su misticismo comenzó cuando los chinos comenzaron a distinguir formas de animales en sus torcidos troncos. Desde dragones y serpientes, hasta conejos. Atribuyéndole falsos poderes mágicos debido a la fantástica forma de sus troncos. Entonces se volvió una práctica popular sacarlos de su hábitat natural y resembrarlos en macetas como objetos de belleza y suerte.
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