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lunes, 17 de junio de 2013

ABUNDANCIA Y MEZQUINDAD DE LA NATURALEZA

GEOPOLITICA DEL HAMBRE   Por: JOSUE DE CASTRO, 1946

ABUNDANCIA Y MEZQUINDAD DE LA NATURALEZA:

La tentativa de probar que el hambre es un fenómeno natural, que  obedece a una especie de ley de la naturaleza, no encuentra apoyo en los conocimientos científicos de nuestros días. Basta el análisis de algunos datos estadísticos fundamentales, para que quede cabal-mente demostrado todo su artificio: de la superficie total de la Tierra, los mares ocupan el 71% y el 29% restante representa la parte sólida de nuestro planeta. Abarca, esta parte, una zona aproximada de 56 millones de millas cuadradas de superficie, con los más diferentes tipos de revestimiento natural: el 30% está cubierto de selvas; el 20% de campos abiertos; el 18% representa el relieve montañoso y el 33% suelos desérticos, de tipo caliente o de tipo polar. Según apreciaciones de especialistas como Robert Salter y Holmer Shantz del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, apenas 25.000,000 de millas cuadradas— por lo tanto cerca de la mitad de los suelos del planeta— permiten alguna clase de explotación agrícola a través de los métodos actuales de utilización de la tierra. Esta apreciación nada exagera, porque excluye del cómputo de las tierras laborables el 50% de los suelos del mundo, representados por las regiones desérticas y montañosas, a pesar de haber ya obtenido, en los últimos años, algunos triunfos decisivos de téc-nica agrícola en lo que respecta a la producción en regiones de esos tipos. Basta recordar que en los desiertos tropicales muchos cientos de miles de hectáreas fueron abiertos a la agricultura gracias a los modernos métodos de irrigación, y que los rusos, con sus sorprendentes procedimientos agrícolas, están incorporando a la zona pro-ductiva de su país una larga franja de los desiertos polares. Regiones como la península de Kola, a 67° 44' de latitud norte, por lo tanto a más de 3 o de latitud sobre el círculo polar ártico, producen hoy trigo, cebada, nabos, zanahorias, arvejas, rábanos, calabazas y pepinos, para proveer a sus 150,000 habitantes;11 y aún más al norte, en la península de Taimir, que comprende las tierras del extremo norte del conjunto euroasiático, distante apenas 850 millas del polo norte, se cultivan hoy plantas seleccionadas con los métodos de «vernalización» del agrónomo Lisenko, que acomodan su crecimiento y madurez al cuarto período del verano polar. En medio del desierto polar surgirán así, como indiscutibles conquistas de la técnica, verdaderos oasis con plantaciones productoras de batata, de maíz, de frambuesas, etcétera. En aquellas latitudes, esas plantas no sólo producen, sino que producen bien: una variedad de batatas cultivadas al norte del círculo polar produce 200 quintales por hectárea; en cuanto al centro del continente euroasiático, la producción media es de apenas 100 quintales.
Pero dejando de lado esas conquistas más recientes, de valor económico todavía discutible, y tomando por base los cálculos conservadores de los técnicos norteamericanos señalados, verificamos igualmente que no se puede atribuir el hambre a una supuesta mezquindad de la naturaleza; esos cálculos indican que la tierra ofrece al trabajo humano, para atender a sus necesidades alimentarias, cerca de 16,000 millones de acres; corresponden, pues, en relación a la población actual de la tierra, cerca de ocho acres por individuo. Según los cálculos de entendidos en agricultura y nutrición que estudiaron, a la luz de conocimientos modernos de nutrición, la correlación entre la zona cultivada y el suplemento alimen-tario,12 son necesarios apenas dos acres por persona, para proveer los alimentos indispensables a una dieta racional; casi cuatro veces menos, por lo tanto, de lo que la naturaleza pone a disposición del hombre. Otra prueba de la carencia de fundamento de la teoría natural del hambre reside en el hecho de que, hasta hoy, la región cultivada por la humanidad no alcanza a 2,000 millones de acres. 

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