GEOPOLITICA
DEL HAMBRE Por: JOSUE DE CASTRO, 1946
ABUNDANCIA
Y MEZQUINDAD DE LA NATURALEZA:
La tentativa
de probar que el hambre es un fenómeno natural, que obedece a una especie de ley de la naturaleza,
no encuentra apoyo en los conocimientos científicos de nuestros días.
Basta el análisis de algunos datos estadísticos fundamentales, para que quede
cabal-mente demostrado todo su artificio: de la superficie total de la Tierra,
los mares ocupan el 71% y el 29% restante representa la parte sólida de nuestro
planeta. Abarca, esta parte, una zona aproximada de 56 millones de millas
cuadradas de superficie, con los más diferentes tipos de revestimiento natural:
el 30% está cubierto de selvas; el 20% de campos abiertos; el 18% representa el
relieve montañoso y el 33% suelos desérticos, de tipo caliente o de tipo polar.
Según apreciaciones de especialistas como Robert Salter y Holmer Shantz del
Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, apenas 25.000,000 de millas
cuadradas— por lo tanto cerca de la mitad de los suelos del planeta— permiten
alguna clase de explotación agrícola a través de los métodos actuales de
utilización de la tierra. Esta apreciación nada exagera, porque excluye del
cómputo de las tierras laborables el 50% de los suelos del mundo, representados
por las regiones desérticas y montañosas, a pesar de haber ya obtenido, en los últimos
años, algunos triunfos decisivos de téc-nica agrícola en lo que respecta a la
producción en regiones de esos tipos. Basta recordar que en los desiertos
tropicales muchos cientos de miles de hectáreas fueron abiertos a la
agricultura gracias a los modernos métodos de irrigación, y que los rusos, con
sus sorprendentes procedimientos agrícolas, están incorporando a la zona
pro-ductiva de su país una larga franja de los desiertos polares. Regiones como
la península de Kola, a 67° 44' de latitud norte, por lo tanto a más de 3 o de
latitud sobre el círculo polar ártico, producen hoy trigo, cebada, nabos,
zanahorias, arvejas, rábanos, calabazas y pepinos, para proveer a sus 150,000
habitantes;11 y aún más al norte, en la península de Taimir, que comprende las
tierras del extremo norte del conjunto euroasiático, distante apenas 850 millas
del polo norte, se cultivan hoy plantas seleccionadas con los métodos de
«vernalización» del agrónomo Lisenko, que acomodan su crecimiento y madurez al
cuarto período del verano polar. En medio del desierto polar surgirán así, como
indiscutibles conquistas de la técnica, verdaderos oasis con plantaciones
productoras de batata, de maíz, de frambuesas, etcétera. En aquellas latitudes,
esas plantas no sólo producen, sino que producen bien: una variedad de batatas
cultivadas al norte del círculo polar produce 200 quintales por hectárea; en
cuanto al centro del continente euroasiático, la producción media es de apenas
100 quintales.
Pero
dejando de lado esas conquistas más recientes, de valor económico todavía
discutible, y tomando por base los cálculos conservadores de los técnicos
norteamericanos señalados, verificamos igualmente que no se puede atribuir el
hambre a una supuesta mezquindad de la naturaleza; esos cálculos indican que la
tierra ofrece al trabajo humano, para atender a sus necesidades alimentarias,
cerca de 16,000 millones de acres; corresponden, pues, en relación a la
población actual de la tierra, cerca de ocho acres por individuo. Según los
cálculos de entendidos en agricultura y nutrición que estudiaron, a la luz de conocimientos
modernos de nutrición, la correlación entre la zona cultivada y el suplemento
alimen-tario,12 son necesarios apenas dos acres por persona, para proveer los
alimentos indispensables a una dieta racional; casi cuatro veces menos, por lo
tanto, de lo que la naturaleza pone a disposición del hombre. Otra prueba de la
carencia de fundamento de la teoría natural del hambre reside en el hecho de
que, hasta hoy, la región cultivada por la humanidad no alcanza a 2,000
millones de acres.
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