MUCHO MÁS grave que la erosión de la riqueza del suelo, que
se produce lentamente, es la violenta erosión de la riqueza humana, es la
inferiorización del hombre provocada por el hambre y por la desnutrición. Basta
ver que, en todo el Extremo Oriente, el número de desnutridos abarca más del
90% de los habitantes; que, en la América Latina, más de los dos tercios de la
población están compuestos de individuos mal nutridos, mal vestidos y mal
alojados, en Inglaterra, antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial,
conforme al notable informe del científico sir John Boyd Orr, más tarde
Director General de la F. A. O., cerca de la mitad de la población estaba
sujeta a los efectos nocivos del hambre, viviendo un 40% en un régimen de
hambre parcial (deficiencias específicas) y un 10%, en un régimen de hambre
global, de grave deficiencia de todos los principios alimentarios. Cuando en
1936, la Alemania Hitlerista llamó al servicio militar a los jóvenes nazis, de
los presentados a examen, apenas el 75% pudieron ser aceptados. Y en el año
1938, apenas el 55%. El número de incapaces, de débiles mentales y de deformes
crecía en forma alarmante en el seno de la raza «superior». En un país nuevo
como la Argentina, se verificó que desde 1920 a 1940, el número de los
rechazados por incapacidad física entre los convocados para el servicio militar
subía del 30% al 42,2%. Guillermo Ruse atribuía a la desnutrición la causa principal
de ese progresivo aumento del número de incapaces. Asimismo en los Estados
Unidos, país considerado como el mejor alimentado del mundo, el servicio
encargado de la selección para el alista-miento verificó que de 14.000,000 de
individuos examinados, apenas 2.000,000 reunían realmente los requisitos de
salud exigidos, esto es, apenas el 15%. Se ve así que no es un grupo, una raza
o un país los que están en decadencia, sino la humanidad in totum. El propósito
de este libro es estudiar el terrible fenómeno de la erosión que el hambre está
provocando en el hombre y en la civilización.
Erosión que amenaza remover y apagar de una vez, de la
superficie de la Tierra, toda esa gigantesca obra humana esculpida por el
trabajo arduo de centenares de sucesivas generaciones. Si la humanidad no pone
en práctica, con urgencia y en escala universal, medidas capaces de trabar la
acción corrosiva del hambre, no tardarán en desmoronarse y ser arrastradas por
el polvo del tiempo todas las creaciones del ingenio humano, y eso mucho antes
que la erosión natural haya consumido los incalculables recursos potenciales
del suelo. Y la humanidad que hoy se estremece ante el peligro remoto de un
mundo transformado en desierto por el agotamiento de sus recursos naturales,
asistirá al paradójico advenimiento de un mundo despoblado y desierto, no
obstante, hallarse pleno de fertilidad y de potencialidades geográficas.
No encierra esta afirmación ninguna profecía macabra, sobre
una nueva forma de fin del mundo, porque creemos en la fuerza biológica y
social de las necesidades, fuerza que siempre condujo a la humanidad al camino
de la supervivencia en los momentos más críticos de su historia. El hambre misma
será la conductora y el resorte fundamental de una revolución social adecuada
para alejar progresivamente al mundo de la orilla de ese abismo que amenaza
devorar la civilización con avidez mayor que la de los océanos cuan-do amenazan
engullir nuestros suelos. Somos, pues, optimistas y vemos en las refriegas y en
las agitaciones sociales de nuestros días, signos de nuevos tiempos, en los que
será finalmente alcanzada la; difícil victoria sobre el hambre, victoria
capital para la estabilidad social de los grupos humanos. Pero si en nuestros
pronósticos acerca del futuro de la humanidad nos sentimos llenos de optimismo,
mucho más reservado es ese optimismo, cuando se trata del bienestar y de la
tranquilidad de la generación actual y de las más próximas.
Tememos que esas generaciones tengan que pagar un precio
demasiado alto por esa maravillosa victoria sobre el hambre. Es que en) el
mundo de las realidades sociales, las ideas sólo se propagan cuando se
sobreponen a alguna necesidad indiscutible de determinado momento histórico. Y
una gran parte del mundo aún no se ha con-vencido enteramente de la necesidad
de acabar de una vez con el hambre. Continúa pensando que es más importante
mantener regionalmente sus altos standards de vida y, socialmente, ciertos
privilegios de clase, que combatir el fenómeno del hambre en el escenario
universal. Y mientras así piensen muchos, el mundo continuará bajo la amenaza
de las hecatombes de guerra y revoluciones, hasta que la necesidad de
sobrevivir a cualquier costo obligue a los privilegiados a abandonar sus
privilegios.
Este libro es una pequeña contribución individual al
indispensable trabajo colectivo, para tratar de apresurar la madurez de esta
idea, la apremiante necesidad de iniciar una batalla mundial por el exterminio
del hambre.
Con su publicación queremos contribuir, aunque sea con una
parcela infinitésima), a la construcción del plan de resurgimiento de nuestra
civilización, a través de la revalorización fisiológica del hombre.
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